La tiranía de la indignación
¿Qué tan libres somos para hablar si el límite de la libertad depende de la mala fe de quien nos escucha?
Hace unos días volvió a ocurrir un fenómeno que ya conocemos de memoria. Un video que había pasado completamente desapercibido durante días en un rincón de internet de pronto cayó en las manos equivocadas. En cuestión de horas, la maquinaria de la indignación profesional lo convirtió en tendencia. ¿El motivo? Al menos dos chistes de pésimo gusto.
Lo que bajo cualquier criterio razonable no pasaba de ser una falta de tacto o una broma desafortunada, la prensa lo transformó en una crisis de estado. Se omitió intencionadamente el contexto cómico y se encuadró el episodio como si se tratara de la confesión de un delito innombrable. El resultado fue inmediato y desproporcionado: despido, renuncias forzadas e incluso amagos de investigaciones judiciales.
El episodio deja una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿dónde están hoy los límites del humor y quién tiene la potestad de trazarlos cuando el costo por cruzarlos es la destrucción civil y laboral?
El doble rasero y la memoria selectiva
Resulta paradójico cómo funciona la vara de medir en la conversación pública. Durante décadas hemos consumido series de televisión como South Park —transmitidas incluso en televisión abierta— cuyos guiones cruzan con frecuencia límites infinitamente más oscuros que los de cualquier aficionado en internet. Muchos de sus chistes se citan hoy como referencias de la cultura popular.
Sin embargo, cuando la broma fuera de lugar proviene de alguien ajeno al establishment o a la hegemonía cultural dominante, la respuesta no es la crítica: es el exterminio mediático. Basta mirar alrededor para notar la asimetría. Cuando figuras protegidas por el consenso del momento cometen faltas similares (o peores), el asunto se minimiza o se sepulta hábilmente bajo una montaña de titulares irrelevantes.
Mientras un mal chiste provoca horas de paneles de debate y linchamiento mediático, verdaderas tragedias sociales o delitos reales cometidos por sectores influyentes apenas reciben una mirada de soslayo. Es más cómodo indignarse por la ficción o la caricatura que fiscalizar la realidad.
La cobardía del entorno
Quizás lo más revelador de estos linchamientos no es la voracidad de los detractores, sino la timidez y la cobardía de los aliados.
Ante el primer atisbo de presión mediática, aquellas instituciones o colectivos que dicen abanderar la libertad miran hacia otro lado para no quemarse políticamente. Grupos, partidos u organizaciones que en teoría deberían defender el derecho a la libre expresión suelen ser los primeros en entregar la cabeza de los suyos en bandeja de plata con tal de ganarse la simpatía temporal de la jauría.
Se olvida con facilidad que la lealtad y el respeto a los principios se prueban en los momentos incómodos, no en los aplausos. Prevalecen el cálculo político de corto plazo y el pánico escénico antes que la defensa firme de un principio.
El humor privado en la era del hiperespionaje
Existe un factor clave en la dinámica de las relaciones humanas: la confianza en grupos reducidos. Como bien han señalado sociólogos y psicólogos al analizar la conducta masculina, entre amigos cercanos las bromas suelen escalar en incorrección política a medida que aumenta la confianza. Probar los límites del absurdo y devolver una pesadez con otra no es más que un código de complicidad e intimidad; una forma de medir el temple y forjar lazos sin la rigidez del protocolo formal.
El problema moderno surge cuando lo que pertenecía al espacio privado se filtra al ojo público. El público general, desprovisto del contexto, la complicidad y el tono original, inevitablemente malinterpreta la intención.
Pero la discusión no se agota en el error de publicar voluntariamente un video. El dilema de fondo es más profundo: ¿qué ocurre cuando un intercambio privado en un chat cifrado o en un grupo cerrado es filtrado por una captura de pantalla malintencionada? Si ni siquiera en la intimidad de un grupo de confianza se puede hablar con ironía o humor negro sin el pavor a ser expuesto, entonces la libertad de expresión ya ha muerto en la práctica.
La libertad no existe para hablar del clima
Voltaire decía que defendería hasta la muerte el derecho de alguien a decir aquello con lo que no estaba de acuerdo. Hoy esa máxima parece una reliquia del pasado.
La libertad de expresión no se diseñó para hablar de cosas inocuas o intrascendentes. No la necesitamos para ponernos de acuerdo sobre el clima (aunque, dicho sea de paso, hoy hasta el cambio o no-cambio del clima está sujeto a debate político). Su verdadera razón de ser es, precisamente, proteger el discurso molesto, la estupidez, lo chocante y lo políticamente incorrecto.
La razón es simple: la censura no elimina las malas ideas ni los pensamientos oscuros; solo los obliga a esconderse. Bajo el imperio de la censura es imposible saber qué piensa realmente la gente, privándonos de la oportunidad de contrastar ideas y conocer la verdadera naturaleza de quienes nos rodean antes de que sea demasiado tarde.
La trampa de la peor interpretación posible
Decía el refrán popular que «nadie es monedita de oro». Es una certeza que siempre habrá gente a la que le caigamos mal. El peligro de la época actual es que hemos supeditado el derecho a expresarnos a la “peor interpretación posible” por parte de nuestros detractores más hostiles.
Cuando dejamos que los sectores más hiperventilados impongan su lectura de las cosas como la única verdad válida, y cuando las instituciones caen en ese juego por miedo o conveniencia, entregamos la clave de la convivencia al chantaje emocional.
Si cualquier palabra, chiste o ironía puede ser resignificada como un ataque imperdonable por quien tiene el poder de censurar, la consecuencia lógica no es un debate más sano, sino una sociedad paralizada por la paranoia. Y una sociedad que piensa sus palabras con miedo a ser destruida ya no es una sociedad libre.
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