¿Sobra gente en Chile? No, sobran títulos y faltan inversores
Hace poco alguien en el subreddit de Chile se preguntaba algo que me hizo ruido: ¿cómo es posible que haya tanto profesional sin trabajo? ¿Acaso sobra gente?
El mismo subreddit donde la mayoría defiende a capa y espada la teoría del valor-trabajo de Marx —esa que dice que el valor de algo depende de las horas de trabajo invertidas en producirlo—. De hecho, tuve varios encontrones ahí por temas como ese o el salario mínimo.
Pero este razonamiento me recuerda a alguien que mira un vaso de agua y no entiende por qué el nivel sube o baja, ignorando que la economía funciona como vasos intercomunicados: lo que pasa en uno afecta inevitablemente a los demás.
Temas que ya he tratado antes, pero que vale la pena repasar.
La fábrica de títulos
Cuando el Estado implementó el CAE (Crédito con Aval del Estado), la intención era noble: más gente en la educación superior. Y funcionó, en parte. La cantidad de estudiantes universitarios se disparó. Pero con esa masificación llegó la exigencia de educación “gratuita y de calidad”. El problema es que esas dos cosas son, en la práctica, incompatibles cuando entras por masas nunca antes vistas.
Muchos de esos nuevos estudiantes hicieron ruido para que se bajara la carga académica, para que los ramos fueran más fáciles, para que no se exigiera tanto. Y la calidad, obviamente, se fue al carajo.
Pero no podemos hablar de esto sin mencionar las reformas educativas de Bachelet que permitían a los niños pasar de curso sin saber lo básico, con tal de no “afectar su autoestima”. Eso no fue progreso: fue carcomer la educación desde sus cimientos. Empezamos a formar generaciones que creen que merecen aprobar sin esforzarse, y eso se trasladó a la universidad.
El resultado: tenemos un mar de titulados, una oferta masiva de profesionales. Pero sin mercado que los absorba, sin demanda real. Eso no es progreso, es inflación de títulos: cada título vale menos porque hay demasiados, y muchos de ellos fueron emitidos por universidades que bajaron sus estándares para no perder alumnos.
¿Y dónde quedó el mercado?
Esto también viene de la misma mano. Con la reforma tributaria de Bachelet, el mensaje fue claro: “los empresarios son los malos”. Y los empresarios, que no son filantrópicos sino buscadores de oportunidades, se fueron. Empezaron a buscar países donde no los trataran como enemigos, donde no les subieran los impuestos para financiar promesas populistas.
La crisis se agravó con la insurrección de 2019. Ahí vimos algo curioso: un ejército de ninis (ni estudian ni trabajan), muchos de ellos titulados, saliendo a romper las calles, saquear locales, quemar el metro, todo bajo la bandera de “luchar contra el sistema capitalista”, sistema capitalista que han venido rompiendo justamente las ideas que ellos defienden.
Mientras tanto, la fuga de capitales se aceleró. Y la cereza del pastel: una diputada que luego sería ministra de Boric dijo, sin ruborizarse, “que se vayan, no nos importan”. Refiriéndose a los inversionistas, claro. A los que generan los puestos de trabajo que esos mismos manifestantes reclaman.
La teoría del valor-trabajo se cae sola
Aquí viene lo que les cuesta digerir los de Reddit: que haya más oferta de trabajadores pero no haya empleo, que el país esté estancado pese a tener “más profesionales que nunca”, es justamente la demostración de que la frase que les inculcaron en la universidad —“los trabajadores son los que crean la riqueza”— es, cuanto menos, incompleta, y en la práctica, falsa.
Si los trabajadores solos crearan riqueza, Venezuela, Cuba o la URSS serían potencias. La riqueza no surge del trabajo aislado, sino de la combinación de trabajo, capital, innovación, y —lo más importante— de un sistema que permita que esos factores se encuentren libremente.
Sin inversores que arriesguen su capital, sin empresarios que organicen la producción, sin un mercado que asigne recursos mediante precios y no decretos, el trabajo más arduo del mundo no genera prosperidad. Genera esfuerzo malgastado.
Pero eso no es lo que aprenden “los niñitos” en las universidades. Aprenden que el capitalista es un parásito, que la ganancia es explotación, que el Estado debe intervenir para “corregir” al mercado. Y luego salen a la calle y no entienden por qué no consiguen pega.
El elefante en la habitación: la demografía
Luego se enojan si les dicen “neomaltusianos” cuando apoyan el aborto libre o la eutanasia. No, no sobra gente. De hecho, estamos en el extremo opuesto: Chile tiene una crisis de natalidad que no se habla lo suficiente. El país se envejece. Y eso hace insostenible la PGU (Pensión Garantizada Universal) y todos esos sistemas de reparto que la izquierda y la centroizquierda de Chile Vamos quieren meternos a la fuerza. Menos jóvenes trabajando para mantener a más adultos mayores. Matemáticas básicas que, curiosamente, no les enseñan en las facultades de sociología.
Y no, la solución no es importar más pobreza para tener mano de obra barata —otra brillante política de la era Bachelet—. Eso no soluciona nada, solo posterga el problema y crea tensiones sociales nuevas.
¿Y ahora qué?
Lo que necesitamos es lo que siempre hemos necesitado: más libertad, menos regulaciones, que vuelvan las inversiones, y que los emprendedores puedan avanzar sin que el Estado venga a pedir su fracción de ganancias sin haber movido un dedo.
La reforma tributaria de Quiroz, por cierto, me parece tibia. Bajar los impuestos al promedio de la OCDE no es ser competitivo, es ser medianamente menos incompetente.
Quizás ayude en temas de invariabilidad tributaria —que los inversionistas sepan que no les van a cambiar las reglas cada dos años—, pero una vez que rompes la confianza con reformas y re-reformas, con dos intentos de reescribir la Constitución, y con la amenaza constante de que la izquierda saque a sus estudiantes carne de cañón a tirar molotovs en la calle… bueno, no es fácil reconstruir eso.
Y aquí me pregunto, sin ánimo de ser cruel: si este mar de titulados que tenemos fue formado en un sistema que les enseñó a odiar al mercado, a ver al empresario como enemigo, y a creer que el valor de las cosas depende de cuánto sudor derramas… ¿serían capaces de desempeñarse en un ambiente donde de verdad hubiera un mercado libre? ¿Donde no haya un Estado paternalista que les garantice pase de curso, empleo asegurado, y protesta sin consecuencias?
El factor que nadie quiere nombrar
Todo esto sin considerar que muchos puestos de trabajo ya desaparecieron, y no por culpa del capitalismo salvaje, sino porque la automatización se volvió más barata que contratar. Y eso, en gran parte, es consecuencia del aumento de costos de contratación que el Estado mismo impuso: la Ley Karin, la reducción a 40 horas, la fijación de precios en el salario mínimo. Cada una de estas medidas, vendida como “protección al trabajador”, termina haciendo que sea más rentable para el empresario comprar una máquina que contratar a una persona.
Pero eso ya da para otro post.
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