El espejismo del centro político
El fenómeno del “centro vacío” en la política chilena no es una casualidad; es el resultado del colapso de un modelo de consensos que la ciudadanía terminó asociando con la autocomplacencia de las élites, donde se percibía que los acuerdos servían más para la autoprotección corporativa que para solucionar las urgencias nacionales. Ante esa percepción de inmovilismo y decadencia, el electorado comenzó a buscar alternativas en lo que el relato hegemónico califica apresuradamente como “extremos”.
Sin embargo, para un análisis riguroso y libre de sesgos colectivistas, la realidad es otra: en Chile no existe una “extrema derecha” absoluta en términos de reducción real del Estado o defensa irrestricta de la libertad individual; lo que existe es una derecha cuya “radicalidad” es meramente relativa respecto a un espectro político que se desplazó por completo hacia el estatismo y el buenismo biempensante.
La paradoja del escenario actual se explica a través de la evolución reciente de las coaliciones y las traiciones ideológicas de sus liderazgos:
El fenómeno de la derecha y el “voto de orden”
En las elecciones recién pasadas, tras un periodo de profunda inestabilidad institucional y económica producto de la pésima gestión del bloque más radicalizado de la izquierda —que validó la violencia y desmanteló las certezas jurídicas—, el electorado se inclinó por una figura percibida como de “mano dura”.
A pesar de la intensa campaña de sus detractores para asociarlo con el ala más autoritaria del pasado chileno, gran parte del país interpretó esa misma rigidez no como un peligro, sino como la única garantía para restablecer el orden básico y el Estado de derecho. El votante común no buscaba un cambio de régimen, sino un ejecutor que pusiera fin al caos.
La decepción de la base “dura” y el síndrome de la casta
Sin embargo, una vez en el poder, la realidad pragmática o acomodaticia del gobierno de José Antonio Kast forzó un giro hacia el centro representado por Chile Vamos. La incorporación de cuadros de estos centristas tradicionales al gabinete y la flexibilización de las posturas originales terminaron por moderar y diluir el discurso oficial.
Esto generó una profunda frustración en sus bases de apoyo más doctrinarias, quienes sintieron que se replicaban las mismas prácticas de la vieja política que tanto habían criticado. Resulta insólito: salirse de la UDI para formar un partido propio (Republicanos) con el único fin de llegar al poder, para que, una vez alcanzado el objetivo, el mandatario se saque la insignia de su propio partido, lo deje en el olvido y llene la administración con la gente de Chile Vamos —precisamente aquellos que torpedearon su camino—, postergando a quienes realmente trabajaron por ponerlo allí.
¿Para qué trabajar tantos años en construir una alternativa si, al conseguir el gobierno, delegas el diseño del país a un “segundo piso” que cometió errores estratégicos desde el primer día? ¿Para dedicarse a viajar por el mundo mientras el aparato estatal sigue intacto? Mientras el Presidente se va de gira, las facciones que realmente pretendían un cambio estructural quedan marginadas, y los desencantados de ese proceso migran su apoyo hacia las posturas más firmes de la derecha.
La resistencia de la oposición controlada: El caso de Evópoli y el PNL
En este reordenamiento de fuerzas, el Partido Nacional Libertario (PNL) ha asumido un rol de fiscalización ideológica, endureciendo su postura y exigiendo que el gobierno cumpla lo prometido en campaña en materia de reducción del gasto, seguridad y libertad fiscal. Esta irrupción ha descolocado a partidos como Evópoli, una colectividad que se había acostumbrado a dirigir la brújula ideológica de Chile Vamos hacia un progresismo de buenos modales.
Evópoli hoy se siente profundamente desequilibrado al enfrentar a un actor que sí está dispuesto a tirar de las riendas hacia la derecha. Parecen olvidar que su última candidata presidencial quedó en un marginal quinto lugar, y que hoy reaparece en los medios con intervenciones que denotan más senilidad que estrategia bien pensada. Olvidan también que, si no fuera por una interpretación antojadiza y favorable de la ley electoral, habrían desaparecido legalmente por falta de votos.
La élite de la ex-centroderecha (que ahora se ha pasado al centro y hasta a la centroizquierda) no debe sorprenderse de que surja un partido sin ningún interés en validar la agenda woke o en ejercer una labor de oposición que consista simplemente en avanzar hacia las mismas ideas de la izquierda, pero un poco más lento.
El nuevo refugio de la centroizquierda y la mutación de RN
En la otra vereda, la antigua centroizquierda tradicional (la vieja Concertación) quedó severamente desdibujada tras sus alianzas y concesiones hacia el Partido Comunista y los sectores más radicalizados del espectro. Al perder su identidad socialdemócrata, moderada e institucional, dejaron un enorme vacío en el mapa político.
Curiosamente, ese electorado de centroizquierda que huye de la polarización y del colectivismo refundacional ha encontrado en Renovación Nacional (RN) una alternativa de oposición percibida como la menos radicalizada. RN ha terminado transformándose en el contenedor temporal de una socialdemocracia huérfana de representación partidaria, canjeando principios de derecha liberal por la administración del descontento moderado.
Un centro huérfano de ideas
El votante chileno medio sigue ubicándose geométricamente en el centro, pero hoy busca el equilibrio a través de opciones que percibe como más firmes, predecibles o institucionales. Hay una desconfianza profunda hacia los partidos que tradicionalmente ocupaban ese espacio en la papeleta (como la Democracia Cristiana o el Partido Liberal), los cuales son justamente los peor evaluados por haberse convertido en vagones de cola de la izquierda radical.
La crisis actual del “centro vacío” demuestra que la moderación (hacer que Chile sea “fome” de nuevo) no se logra pactando con el estatismo que destruye la economía, sino devolviendo la certeza jurídica y la libertad a los individuos. Mientras la centroderecha tradicional siga jugando bajo las reglas culturales de sus adversarios, el espacio para una alternativa de derecha real seguirá creciendo por pura gravedad.
¿Y los libertarios? Nada. En un Chile cada vez más estatista, hablar de libertarianismo es marginal, una discusión teórica con poca llegada al público general.
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