El leviatán y los minarquistas

La ilusión del estado protector

Los estatistas —incluyendo en este saco a los minarquistas— siempre han justificado la existencia del Estado bajo una premisa fundamental: su función prioritaria es mantener la seguridad. Para cumplir ese cometido, nos dicen que era indispensable otorgarle el monopolio de la violencia o, dicho sin eufemismos, convertirlo en el único actor con el derecho legal de poseer y administrar armas.

Pero esa fantasía teórica ha demostrado ser francamente peligrosa. Esta mediocridad conceptual le abre la puerta a facciones políticas con suficiente poder para criminalizar y perseguir a los ciudadanos que poseen armas de forma legítima. La estrategia raras veces es la prohibición de un día para otro; prefieren el ahogo burocrático, convirtiendo la tenencia en un proceso ridículamente caro, difícil y engorroso. Esto no solo afecta la legítima defensa personal, sino también actividades productivas y cotidianas en zonas rurales, como el control de plagas (conejos o jabalíes) o el deporte.

El absurdo quedó al desnudo cuando Francisca Crovetto ganó la medalla olímpica en tiro skeet. Justo en ese momento, el debate público en Chile apuntaba a endurecer aún más las restricciones contra los propietarios legítimos. ¿El problema real? Jamás ha sido el ciudadano que cumple la regulación, sino las bandas que ingresan armamento de grado militar, el terrorismo en el sur y partidos políticos como el Partido Comunista, con un historial conocido de brazos armados sobre los cuales los medios prefieren hacer amnesia selectiva.

Tras el triunfo de Crovetto, la clase política intentó acomodar el discurso diciendo que se permitirían “excepciones” para el uso deportivo. Sin embargo, la propia atleta contaba que no inició su carrera formal hasta darse cuenta de que era competente en la disciplina. La pregunta es obvia: ¿cómo va a descubrir un ciudadano si es competente sin haber tenido acceso previo a un arma?

Esta semana, en cadena nacional, Kast anunció un paquete de leyes “pro-seguridad”, incluyendo una modificación constitucional para consagrar el deber del Estado de mantener la seguridad. Esto revela algo insólito: hasta hoy, toda la narrativa del Estado como monopolista legítimo de la fuerza ni siquiera tenía un sustento legal formal; era mero palabrerío de intelectuales estatistas usado para restringir el derecho de los privados a portar armas.

Esta discusión se da en medio de una crisis de seguridad mayúscula, profundizada por un diagnóstico cobarde y un “buenismo” migratorio ingenuo. Se asumió erróneamente que cualquier persona que huye de un país fallido dota automáticamente su estadía de un aura angelical y tiene derecho a ingresar sin control a un país que, sin ser perfecto, funcionaba. Esos países no colapsaron por mala suerte o castigo divino; colapsaron porque sus propios habitantes, mediante sus instituciones formales e informales, los llevaron a la ruina. Prescindir de controles nos dejó expuestos a incivilidades diarias como desprecio por el descanso nocturno, vulneración de normas de tránsito básicas y el asedio del crimen organizado sobre dos ruedas, o en una palabra que se hizo común: motochorros.

Hoy la izquierda ya se coordina para entorpecer la agenda de Kast con la retórica habitual contra la “ultra derecha”, en favor del “enriquecimiento cultural” y la “diversidad”. Aunque la ciudadanía ya no compra ese discurso debido al deterioro del entorno, la derecha y la centro-izquierda de Chile Vamos cometen un error ingenuo: un proyecto de ley jamás sale del Congreso tal como entra. Si la consagración constitucional del deber de seguridad del Estado se redacta mal, terminará siendo la excusa perfecta para restringir aún más el derecho de los ciudadanos a armarse.

El primer paso de toda tiranía ha sido siempre desarmar a la población para evitar cualquier capacidad de resistencia. Creer que “en Chile eso no pasa” es una ingenuidad sin sustento. En nuestro país ya están ocurriendo cosas que creíamos imposibles. De una vez por todas debemos darnos cuenta de que no somos una raza especial: seguimos siendo humanos y latinoamericanos, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva por cultura e historia.

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