El caso del contenedor lleno de monedas de 10 pesos

El sistema monetario en Chile está roto

El otro día leí una noticia que pasó totalmente colada en la discusión pública, pero debería tener mayor relevancia no solo en la discusión pública sino también para aprender algunas lecciones.

En el Puerto de Valparaíso, Aduanas interceptó un contenedor declarado como “chatarra de bronce” que iba directo a China. Cuando abrieron los sacos, no había chatarra: había más de un millón de monedas de 10 pesos chilenos. En total, unas 3,6 toneladas de metal.

Mi primera reacción fue recordar las veces que alguien pagaba una multa con monedas de 10 pesos y no se las aceptaban. Hay tipos que llegan con sacos de monedas, pero en esta ocasión la logística era masiva para llevar toneladas de metal en monedas de un país a otro.

Pero cuando miras los números, la historia deja de ser un chiste y se convierte en una lección magistral de economía real.

El truco del metal

Resulta que las monedas de $10 no son de plástico ni de aire; son de una aleación de cobre, aluminio y níquel. Si juntas suficiente cantidad y las vendes como materia prima en el mercado internacional, el metal que hay dentro de esa moneda vale casi el triple que el número “10” que tiene grabado en la cara.

Para rematar el cuadro: al Banco Central le cuesta unos $49 pesos fabricar cada una de esas monedas de $10.

Piénsalo un segundo. El Estado gasta 49 pesos para poner en la calle algo que dice que vale 10, pero que si lo derrites vale 30. Los tipos que llenaron ese contenedor en Valparaíso simplemente vieron un negocio ridículamente obvio que el propio sistema creó.

¿De quién es realmente el dinero?

La versión oficial te dirá que esto es un delito de contrabando y que está pésimo porque “desabastece de sencillo al comercio local”. Y sí, técnicamente ocultaron carga. Pero el problema de fondo es otro: la inflación destruyó tanto el poder de compra del peso chileno que terminó ‘derritiendo’ el valor de la moneda física frente a su material. Es más rentable tener el equipamiento para derretir y separar los mentales que usar las monedas para pagar.

La inflación no cae como una maldición divina. La produce la expansión monetaria constante de los bancos centrales que juegan a la “inflación meta” (una meta que, por cierto, llevan años sin cumplir con precisión).

Aquí es donde aparece la gran trampa del dinero estatal. Si tú tienes un billete de $20.000, el Banco Central lo imprimió por unos pocos centavos y se quedó con la diferencia (el famoso señoreaje). Ahí el sistema gana. Pero cuando la devaluación que ellos mismos provocaron hace que la moneda de $10 valga más como metal que como dinero, te prohíben por ley fundirla o sacarla del país.

En sencillo: eres dueño de la capacidad de compra de ese dinero mientras les convenga, pero no eres dueño del objeto. El Estado te obliga a cargar con el costo de su devaluación.

Una salida que no dependa de un decreto

Si lees a los economistas de la escuela austríaca —gente como Hayek o Mises—, ellos siempre sostuvieron que el problema de raíz es el monopolio de la emisión. No deberíamos estar obligados a usar una divisa administrada por un grupo de burócratas que decide erosionar nuestro trabajo un 3% o un 5% al año “por nuestro bien”. La solución lógica siempre ha sido la libre competencia de monedas. Que la gente elija en qué ahorrar y con qué comerciar.

Y francamente, cuando ves más allá de la noticia anecdótica y puedes ver el trasfondo donde el Estado se comporta peor que una mafia, entiendes perfecto por qué la idea de un dinero neutral y descentralizado hace tanto sentido.

Ahí es donde proyectos como Bitcoin Cash (BCH) cobran una fuerza enorme en la práctica, lejos de la especulación vacía:

  • No hay un comité imprimiendo de más: La emisión es fija y matemática. Nadie puede decidir mañana que tu dinero vale menos porque necesitan cuadrar un presupuesto.
  • No depende de metales ni de aduanas: No hay aleaciones que se vuelvan obsoletas ni contenedores que frenar en un puerto.
  • Funciona como dinero real: Para que algo sirva en el día a día —como se suponía que debía servir la moneda de $10— tiene que ser rápido y ridículamente barato de mover. Con BCH puedes mandar fracciones de centavo al otro lado del mundo en segundos, pagando comisiones bajísimas y sin pedirle permiso a nadie. Sin segundas capas y realmente descentralizado.

El episodio del puerto no fue un caso aislado de “delincuentes creativos”. Fue la consecuencia inevitable de un sistema monetario que está roto desde la base. Cuando el dinero necesita que la policía fiscalice los puertos para que la gente no descubra que el soporte vale más que la promesa, el problema claramente no es de los contrabandistas.

No olvidemos que además, el fiducidiario en la práctica es deuda del Estado, no es un activo, es un pasivo. De por si esto ya es malo, porque es una promesa de algo (El Estado) que está acostumbrado a no cumplir sus promesas. Supongo que te suena el término “Deuda histórica”. Porque no me refiero solamente a las promesas vacías de los candidatos, también a estupideces aprobadas por izquierda y derecha como obligar a los trabajadores a “prestarle” dinero al Estado para pagar pensiones presentes con la “promesa” de que en el futuro tendrá dinero para pagarnos a nosotros cuando envejezcamos. Cuando sabemos que la deuda del Estado tiende a crecer, la inflación es una de las herramientas que tiene el Estado precisamente para licuar esa deuda. Estamos en una trampa perfecta, y la única salida es recurrir a dinero p2p como BCH o ahorrar en activos que si no rentabilizan, por último no pierdan su valor.

En el fondo las instituciones están formadas por personas que velan por sus propios intereses, no por los tuyos.


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