La estafa de colores

De oro a papelitos de Monopoly
La estafa de colores

El jueves pasado saltó la noticia: Bitcoin bajó al puesto 13 en el ranking de activos globales por capitalización de mercado. Salió del top 10. Para mí no fue sorpresa. BTC lleva años obsesionado con parchar y complicar en lugar de resolver su problema de fondo —algo que ya toqué en posts anteriores— y eso lo convierte en un activo cada vez menos útil. A largo plazo parece empeñado en dispararse en los pies.

Quizás la gente lo está percibiendo: hasta Michael Saylor, el gran embajador del “nunca vendas”, ahora está vendiendo. Total, de la forma en que se comporta el valor de BTC, lo mismo se puede invertir en bolsa con más o menos resultados similares.

Pero no me motiva escribir por Bitcoin. Me motiva lo que hay arriba en el ranking: el oro, de nuevo en el número uno.

El oro no es un “refugio” de moda. Es el patrón original.

Hoy se habla del oro como si fuera una moda de inversión, un activo de refugio para tiempos de incertidumbre. Pero durante siglos fue la moneda de facto, junto a la plata. Era la divisa que la historia nos enseñó como la mejor: el oro para grandes negocios, la plata para los pequeños.

Todavía hay gente que cree que con un billete de su divisa nacional puede ir al banco central y exigir su equivalente en oro. No. Eso murió hace décadas. Para financiar guerras y gastos crecientes, los Estados dejaron de respaldar su moneda con oro y comenzaron a respaldarla con deuda del propio país. ¿Qué podía salir mal?

*Un experimento mental: tres amigos, u\(s 1.000 y diez años de diferencia:*** Vamos a hacer algo que debería enseñarse en el colegio. Tomemos junio de 2016 como punto de partida —una fecha cualquiera, fácil de verificar en Google— y veamos qué pasó con u\)s 1.000 según dónde los guardaste.

  • Amigo A: el conservador: En junio de 2016 el oro cotizaba alrededor de u\(s 1.250 la onza. Con u\)s 1.000 compró 0,8 onzas. Hoy, a junio de 2026, con el oro rondando los u\(s 4.500, esas 0,8 onzas valen aproximadamente u\)s 3.600. Su plata se multiplicó por más de tres y medio.
  • Amigo B: el creyente: El mismo día, Bitcoin estaba en unos u\(s 537. Con u\)s 1.000 se compró casi dos BTC. Hoy, con BTC cerca de u\(s 73.500, esos dos bitcoins valen más de u\)s 140.000. Multiplicó su inversión por más de cien.
  • Amigo C: el confiado: Cambió sus u$s 1.000 a pesos chilenos. En junio de 2016 el dólar estaba a unos $677. Se llevó $677.000. Los guardó en la cuenta corriente, “a buen resguardo”. Hoy, con el dólar cercano a $890, esos \(677.000 equivalen a unos u\)s 760. Perdió casi un cuarto de su poder adquisitivo sin mover un dedo.

La inflación no es “que suban los precios”. Es que tu dinero se derrite.

Fíjate en el Amigo C. Él no compró nada. No hubo una crisis personal. Simplemente guardó su dinero en la moneda que el Banco Central le prometió estable. Y de todos modos perdió. Con otras monedas más estables, como el dólar que además es de facto la moneda global para transacciones, también habría pedido su poder adquisitivo. Menos que el peso, pero de todas formas podría comprar menos.

Eso es lo que la mayoría no entiende: la inflación no es el alza de precios. El alza de precios es la consecuencia. La inflación es la pérdida adquisitiva del dinero. Si fuera solo “que suban los precios”, todas las monedas perderían valor al mismo ritmo frente a una misma canasta de bienes. Y no es así. El peso chileno se diluye más rápido que el dólar, el dólar se diluye más rápido que el oro, y el oro… bueno, el oro no se diluye. Es un activo.

Es un error que parece pequeño, pero como ya vimos en otro post, no lo es. Confundir causa y efecto te hace buscar soluciones en el lugar equivocado.

Volvamos al dólar, al peso y a la deuda que respalda todo

El dólar, el peso chileno, incluso el franco suizo: todos están sujetos a la misma lógica. Su valor no está en un metal guardado en un sótano. Está en la promesa de que el Estado los respalda. Y el Estado, ¿con qué los respalda? Con deuda.

El mandato del Banco Central de Chile es mantener una inflación del 2% anual, es decir; causan inflación por mandato. Y ni siquiera eso logran cumplir consistentemente con una meta de inflación baja. Cada vez que el Estado se endeuda, esa deuda se transforma en “garantía” para emitir más papelitos de colores que transamos como si fueran activos. Pero no lo son. Son pasivos. Deuda. Alguien, tarde o temprano, paga.

Y ahora ni siquiera necesitan encender la impresora. Con un teclado modifican saldos en cuentas del sistema. Mientras tanto, los bancos comerciales, usando una reserva fraccionaria que para cualquier mortal sería ilegal, multiplican esa oferta monetaria todavía más. Oferta de una divisa que, como ya vimos, es deuda. Y como la deuda de los Estados crece, con la inflación se terminan diluyendo.

El sistema está diseñado para que los incentivos siempre apunten al mismo lado: aumentar la deuda. El deudor principal de cualquier país es el Estado, y cada peso o dólar nuevo, les diluye la deuda (cada unidad monetaria que deben vale menos), a costa de quienes ahorran (cada unidad monetaria ahorrada también vale menos).

La cuenta pendiente de la administración anterior

Justo ahora se supo que la administración anterior —Mario Marcel, Javiera Martínez y posteriormente Grau— sobreestimó los ingresos fiscales a niveles que van más allá de un simple margen de error. Amarraron los gastos del Estado a esos ingresos fantasmas. Y cuando la cuenta no cierra, la diferencia termina siendo deuda pública.

Cada vez que un Estado se endeuda, emite esa deuda como garantía de pago que, tarde o temprano, terminan pagando los ciudadanos. O con impuestos directos, o con la merma silenciosa en el poder adquisitivo de su moneda. Es un impuesto escondido que no aparece en ninguna boleta, pero que cobra todos los meses.

¿Y ahora qué?

El oro sigue siendo un activo. El dinero, que antaño era respaldado por ese activo, dejó de serlo. Tal como el príncipe de este mundo toma lo divino y lo invierte, ahora el dinero es un pasivo. Es nuestro deber buscar formas de defendernos.

Usar efectivo es valioso, pero solo como forma de privacidad en tus transacciones. No te protege de la inflación. No te protege de que tu dinero se diluya mientras duermes. Debemos ser capaces de meter nuestros ahorros en activos reales.

Las finanzas personales deberían ser una asignatura básica en los colegios. Pero dado que los programas educativos los diseña el mismo Estado que se beneficia de nuestra ignorancia monetaria, no está interesado en que aprendamos a librarnos de su mala influencia. Debemos ser nosotros los que aprendamos por las nuestras, enseñarle a quien no sabe y asegurarnos de que las próximas generaciones entiendan cosas como esta.

Porque en un mundo donde el papel es deuda y el oro es activo, elegir dónde guardas tu trabajo de toda una vida no es inversión. Es supervivencia.


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