Congreso ideológico y estratégico

Abandonar las ideas woke no implica abrazar buenas ideas

El Frente Amplio, el partido más grande de Chile en térmios de militancia, decidió armar un congreso ideológico y estratégico. El título del evento es probablemente lo mejor que lograron producir, porque en contenido… es más de lo mismo: una copia feliz del socialismo, pero con un severo complejo de Peter Pan.

Hace un par de semanas, ante el evidente agotamiento de las ideas woke, decidieron abandonar un poco ese océano ideológico de dos centímetros de profundidad para abrazar las viejas —y siempre fracasadas— ideas socialistas. El pequeño detalle es que el Partido Socialista ya existía, y salieron de inmediato a defender su propiedad privada (por muy enemigos que sean de ella).

Cuando Gabriel Boric le ganó a Kast en segunda vuelta, mucha gente salió a celebrar con bocinazos, una señora en la calle fue entrevistada en la TV. No se hizo tan famosa como la del “lo va a cambiar todo”, pero dijo una estupidez de similar calibre: “Son jóvenes, tienen ideas nuevas”. No, señora. Ser joven no es garantía de tener ideas nuevas; y aun si lo fuera, que una idea sea nueva tampoco garantiza que sea buena. Pero ahí están, en pleno congreso, desempolvando frases tan trilladas como la “superación del capitalismo”. Esto mientras hasta el comunismo chino ya entendió que la única forma de crecer es, precisamente, usando el capitalismo (aunque allá lo usen de forma instrumental para sostener su “democracia” de partido único).

A propósito de absurdos, otro partido chileno que habla de superar el capitalismo —en boca de su presidente, Lautaro Carmona— acaba de soltar que Cuba es una democracia “desde el punto de vista histórico”. En su lógica defectuosa, el hecho de que Cuba jamás haya sido una democracia los convierte en una, pero “a su propio estilo”. La famosa “democracia diferente” que mencionaba la excandidata Jara.

La vereda de enfrente: Acuerdos vacíos y colectivismo solapado

Ahora bien, debo celebrar el esfuerzo del Frente Amplio por intentar definir su ideología central, porque es algo que la derecha es sencillamente incapaz de hacer.

Desde la otra vereda tenemos a los políticos de apellido “eira”, cuya única noción de hacer política es buscar “acuerdos transversales”. Pero la matemática es simple: si tu sector no tiene ideas propias, esos acuerdos siempre terminarán validando la agenda de quienes sí se sientan a examinar qué ideologías imponer como objetivo. Por muy malas que estas sean.

Aquellos que se llenan la boca hablando de “las ideas de la libertad” en la radio y en discursos, a la hora de la acción —ya sea proponiendo proyectos de ley o votando los que están en tabla— siempre terminan apoyando la opción colectivista. No olvidemos a Evelyn Matthei, quien todavía sangra por la herida tras haber quedado quinta luego de liderar las encuestas durante meses: cada vez que se le presentan dos caminos, elige invariablemente el que está más a la izquierda.

Pero si un joven no es garantía de buenas ideas, un viejo tampoco lo es. Recuerden cuando ocurrió la crisis del estrecho de Ormuz y el consecuente disparo en el precio de los combustibles. Salió Pablo Longueira a criticar a Rodrigo Quiróz diciendo que, si fuera por él, estaba dispuesto a endeudar todavía más al país para que el alza “no la paguen los chilenos”. ¿Y esa deuda quién la paga, los marcianos? Que las generaciones futuras tengan que financiar decisiones irresponsables por las que nunca votaron no lo hace más legítimo.

El mismo Longueira aparece ahora en El Líbero promoviendo una coalición entre Radicales y Nacional Libertarios. ¿Qué ideas coherentes pueden salir de semejante mezcla? Ninguna. Volveríamos al mismo espectáculo de Matthei con una docena de voceros contradiciéndose entre sí. Esta idea porfiada de juntar agua con aceite —quizás esperando emerger como el líder sobre el caos— termina debilitando las pocas ideas que puedan existir. Es profundamente estúpido.

La política como imán de caca y la trampa del sistema

Al final, todo se reduce a una realidad incómoda: la política es un imán para quienes buscan poder y buscan apernarse en un lugar donde ganar mucho dinero a cambio de poca competencia y casi nada de trabajo. De esto no se salva nadie. Sé de buena fuente que en cada agrupación política —incluso en aquellas que se autoproclaman libertarias— los primeros en tocar la puerta son los que pretenden amarrar un puestito bien remunerado y de baja exigencia.

Y aquí llegamos al talón de Aquiles de las ideas de la libertad: a quienes realmente queremos la anarquía no nos interesa el poder por el poder. No nos organizamos de manera natural para ser una voz relevante en la plaza pública.

¿Basta con dar la pelea en redes sociales? No lo creo. En las redes, la polarización solo enfrenta posturas radicales y nadie aprende nada del opuesto. El verdadero trabajo es de hormiga: es exponer las ideas entre los cercanos, poco a poco.

Proponer de frentón el anarcocapitalismo genera una resistencia automática, porque el propio sistema educativo está diseñado para prevenir que la plebe piense fuera de la caja. Parafraseando a Morfeo en Matrix: la gente ha invertido tanto tiempo de su vida en ser parte del sistema que, aun siendo esclavizada por él, lo defenderá a muerte.

Es un síndrome de Estocolmo social que debemos erosionar con paciencia, abarcando cada vez a más personas y sin olvidar jamás que la casta política solo se preocupa por sus puestos, sus cargos y su parcela de poder.

El trabajo de hormiga (y la primavera que viene)

Tal vez necesitamos pasar menos tiempo discutiendo semántica en grupos privados o complicando los conceptos al extremo. Lo que nos toca es aprender a aterrizar las ideas al lego, al día a día.

Aprovechemos que ya se viene la primavera, los asados y las reuniones con amigos para ir metiendo la cuchara ideológica de forma estratégica. Con el tiempo, esa “mancha de aceite” (no sé si me explicu) crecerá a tal punto que será imposible de ignorar por los medios convencionales, las encuestas y, tal vez… solo tal vez, por esa casta experta en ignorar la realidad del país.

Aunque, para esto último, mejor esperemos sentados.

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