Las clínicas de garaje se convirtieron en uno de los negocios más peligrosos y rentables de Colombia, y en el cuarto destino mundial en turismo médico estético. Es un engaño creer que estas clínicas siempre funcionan en una casa abandonada o detrás de una cortina improvisada. Algunas tienen mármol, decoración lujosa, prestigio y seguidores, campañas publicitarias y salas de espera que parecen hoteles. Venden confianza, sueños y cuerpos perfectos. El problema es que detrás de muchas de esas fachadas hay personas inescrupulosas sin la formación adecuada, que más que médicos parecen “carniceros”, establecimientos sin habilitación para realizar procedimientos invasivos y una cadena de negligencias que termina dejando mujeres hospitalizadas, endeudadas, deformadas, con a salud mental desbordada o muertas. El caso del supuesto médico Gabriel Cubillos apenas es la punta del iceberg: la falsa sensación de seguridad que produce una buena estrategia de marketing. Porque en Colombia, país donde los ideales de belleza están moldeados por las redes sociales, una cuenta con miles de seguidores puede generar más confianza que una certificación médica, y eso está costando vidas.